Tienen evidencia positiva o mixta, pero menos contundente, o sirven para perfiles más específicos.
El óxido de magnesio muestra evidencia positiva para modular marcadores inflamatorios y la función plaquetaria en poblaciones específicas. Funciona mejor en: mujeres con síndrome de ovario poliquístico (SOP) y pacientes con enfermedad arterial coronaria estable.
Los probióticos mejoran la función inmune, especialmente reduciendo infecciones respiratorias. Funciona mejor en: adultos sanos y niños en edad escolar, especialmente aquellos expuestos a estrés o ambientes con alto riesgo de infecciones (guarderías, escuelas).
La Coenzima Q10 muestra evidencia moderada de mejorar la función inmune, especialmente en poblaciones con inflamación. Funciona mejor en: personas con condiciones inflamatorias como colitis ulcerosa o fibromialgia, y adultos sanos que reciben vacunas.
La L-carnitina muestra evidencia moderada para mejorar la función inmune en VIH y tuberculosis. Funciona mejor en: personas con VIH o tuberculosis activa, especialmente aquellas con inmunodeficiencia avanzada o desnutrición.
La L-glutamina muestra beneficios inmunológicos en pacientes quirúrgicos, pero no en críticos ni atletas. Funciona mejor en: pacientes adultos sometidos a cirugía mayor electiva, especialmente cáncer colorrectal, que reciben glutamina parenteral perioperatoria.
La vitamina D tiene efectos mixtos sobre la función inmune, con beneficios en ciertas poblaciones con deficiencia. Funciona mejor en: personas con deficiencia de vitamina D y enfermedades autoinmunes como diabetes tipo 1 o esclerosis múltiple, o pacientes en diálisis con hipovitaminosis D.
La vitamina E tiene efectos mixtos sobre la función inmune, con posibles beneficios en adultos mayores y personas con inflamación. Funciona mejor en: adultos mayores de 65 años con función inmune disminuida, especialmente aquellos con baja ingesta dietética de vitamina E o inflamación crónica.
El ginseng tiene efectos mixtos sobre la función inmune, con beneficios en ciertas poblaciones pero resultados inconsistentes en general. Funciona mejor en: adultos mayores de 50 años y pacientes con cáncer que reciben quimioterapia, donde se observaron mejoras en la actividad de células asesinas naturales y la respuesta inmune.
La L-arginina mejora la función inmune en ciertos contextos, pero los resultados son inconsistentes y dependen de la población y dosis. Funciona mejor en: adultos mayores sanos, pacientes con quemaduras o infecciones recurrentes, y personas con estrés inmunológico agudo (como COVID-19) parecen beneficiarse más.
El omega-3 tiene efectos mixtos sobre la función inmune: puede reducir la inflamación pero también suprimir ciertas respuestas inmunes. Funciona mejor en: personas con inflamación crónica (como artritis reumatoide o esclerosis múltiple) se benefician más de dosis altas de omega-3 para reducir la inflamación. En adultos mayores sanos, el efecto es menos claro y podría incluso suprimir la inmunidad.
La N-acetilcisteína muestra efectos mixtos sobre la función inmune, con beneficios en poblaciones específicas. Funciona mejor en: adultos mayores de 65 años con enfermedades degenerativas crónicas, pacientes con VIH, y personas con inflamación sistémica (ej. diálisis peritoneal, quemaduras).
La cúrcuma muestra efectos mixtos sobre la función inmune, con algunos beneficios en condiciones inflamatorias. Funciona mejor en: personas con enfermedades inflamatorias como rinitis alérgica, psoriasis u osteoartritis, donde la cúrcuma mostró efectos inmunomoduladores positivos.
Los BCAA muestran evidencia mixta para la función inmune, con beneficios en cirugía oncológica pero no en otros contextos. Funciona mejor en: pacientes con cáncer (especialmente hepático) sometidos a cirugía, donde los BCAA redujeron infecciones postoperatorias.
El Reishi muestra evidencia mixta: mejora la función inmune en pacientes con cáncer, pero no en personas sanas. Funciona mejor en: pacientes con cáncer que reciben quimioterapia o radioterapia, donde el Reishi podría ayudar a modular la respuesta inmune.
El magnesio muestra evidencia mixta para la función inmune, con posibles beneficios en personas con deficiencia o estrés inmunológico. Funciona mejor en: personas con diabetes tipo 2 y niveles bajos de magnesio, y pacientes sometidos a trasplante hepático.
La ashwagandha muestra evidencia mixta para la función inmune: posible beneficio en tuberculosis, pero nula en otros contextos. Funciona mejor en: pacientes con tuberculosis pulmonar recién diagnosticada, como adyuvante al tratamiento estándar.
La Rhodiola tiene efectos mixtos sobre la función inmune: mejora en algunas poblaciones pero puede suprimir la inmunidad protectora. Funciona mejor en: pacientes con enfermedades inflamatorias crónicas como EPOC o inmunosupresión por quimioterapia, donde la Rhodiola parece modular favorablemente la respuesta inmune.
La melatonina tiene efectos mixtos sobre la función inmune, con beneficios en poblaciones específicas pero sin efecto en la mayoría. Funciona mejor en: pacientes con cáncer avanzado o en hemodiálisis, donde la melatonina parece mejorar la función inmune y reducir la inflamación.
El hierro tiene efectos mixtos sobre la función inmune: puede beneficiar a niños con deficiencia pero aumentar infecciones en otros grupos. Funciona mejor en: niños de 5 a 10 años con deficiencia de hierro e infecciones respiratorias recurrentes, donde la suplementación con 60 mg/día de hierro oral por 8 semanas mostró reducción de morbilidad infecciosa.
El azafrán muestra evidencia mixta y limitada para la función inmune en humanos. Funciona mejor en: adultos con asma alérgica persistente leve a moderada, donde se observó una reducción de marcadores inflamatorios.
La taurina muestra evidencia mixta para la función inmune, con posibles beneficios en contextos específicos. Funciona mejor en: hombres sanos de mediana edad que reciben vacunas, donde se observó mejora en la respuesta de anticuerpos.